La actual pandemia ha cambiado la realidad en la que vivíamos y ha generado numerosas situaciones difíciles. El panorama laboral y económico es incierto y la limitación de nuestras relaciones sociales puede llevarnos a sentir una gran angustia y tristeza. Se habla del aumento de “trastornos mentales”, cuando quizá deberíamos referirnos a problemas socio-económicos que conllevan secuelas emocionales. Se trata de uno de los momentos más difíciles en el plano afectivo que hemos tenido que encarar en mucho tiempo.

Desde la psicología, debemos aportar la máxima ayuda posible en una situación en la que los rebrotes y los contagios aumentan peligrosamente, no solo abordando los efectos del confinamiento, sino también fomentando comportamientos responsables.

Las consecuencias psicológicas que venimos observando son, en primer lugar, ansiedad, miedo y apatía como consecuencia de la incertidumbre que la nueva situación ha creado. Pueden manifestarse pensamientos que provoquen cierto desasosiego, de tipo catastrofista y anticipatorio. Al intentar controlar constantemente todo aquello que nos rodea, para poder anticiparnos a lo que va a ocurrir, se genera frustración. Esto puede llevarnos a la búsqueda de información de forma persistente, lo cual a su vez puede conllevar consecuencias negativas sobre nuestro estado de salud física y emocional y ser fuente de estrés, angustia, ansiedad o preocupación. Algunos ejemplos pueden ser hacer demasiadas comprobaciones buscando actualizaciones reiteradas de nueva información tales como el número de nuevos contagios, o bien verificar constantemente nuestra salud física. Puede darse incluso cierta hipocondría, entendida como miedo y preocupación irracional a padecer el contagio.

Son comunes asimismo los cambios emocionales. Nuestro estado de ánimo puede alternar la estabilidad con emociones más desagradables como son la tristeza, el miedo o el enfado. Además, el cambio producido en nuestras vidas puede dar lugar a estrés o depresión, lo cual puede verse plasmado en síntomas como insomnio, irritabilidad, nerviosismo o tristeza. El contexto ha cambiado y es importante entender que tener ciertos sentimientos a nivel emocional en estos momentos es algo completamente lógico.

En las consultas de psicología, es frecuente ver ahora personas que manifiestan problemas de convivencia con sus parejas y familiares, y que se sienten desbordadas. También los niños se han visto afectados por la falta de libertad. De forma repentina, dejaron de ir al colegio, su principal lugar de socialización, y de salir a la calle. En aquellos que no tienen suficientemente desarrollado el pensamiento abstracto debido a su corta edad,  ha sido complicado entender la situación y en especial, los sentimientos de la gente a su alrededor.

La psicología está para ayudarnos en estos momentos. A veces, es imprescindible asumir que algo no va bien y pedir ayuda a tiempo. La posible sensación de que el esfuerzo realizado no ha sido suficiente y la posibilidad de volver a enfrentarnos a una situación similar a la ya vivida pueden conllevar sentimientos de impotencia e incapacidad. Debemos evitar los pensamientos negativos sobre la inutilidad de luchar contra esto, ya que esto supondría entregarse por completo al pesimismo. De esta forma, debemos dar importancia a nuestra conducta en relación al cumplimiento de las normas.

Entre las estrategias que usamos en estos momentos están las de identificar los pensamientos y emociones que nos puedan generar malestar, aceptar algunos de ellos y aprender a reconocer los desadaptativos y catastrofistas.

Es también importante trabajar con las rutinas; evitar la sobreinformación, que puede generar una sensación de alerta permanente; aprender a reducir la ansiedad mediante técnicas de respiración y relajación; practicar mindfulness como forma de vivir en el presente realizar técnicas de afrontamiento positivo; planificar actividades placenteras; promover nuestro autocuidado practicando ejercicio; y expresar cómo nos encontramos emocionalmente, lo que siempre ayuda a cambiar la perspectiva.

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