Hay veces en que el curso de una enfermedad dermatológica se ve afectado por el estado psicológico del paciente. Otras en que los trastornos de la piel crean problemas de ansiedad, autoestima o incluso depresión.

Muchas de las personas que visitan a un dermatólogo por problemas de la piel pueden tener algún trastorno psicológico que afecte al modo en que responde a los tratamientos.

Esta relación entre dermatología y psicología (la asociación mente-cuerpo) está muy demostrada. Podemos ver ejemplos en situaciones cotidianas como el hecho de sudar ante un examen difícil, una entrevista laboral o una situación complicada. Al igual que nos sonrojamos al sentir vergüenza y palidecemos cuando tenemos miedo.

Además, dado que la piel es la parte más accesible del cuerpo humano, no es extraño que muchas personas expresen a través de ella impulsos de naturaleza agresiva, ansiosa o autodestructiva, provocándose síntomas dermatológicos.

Por otro lado, personas con enfermedades dermatológicas que influyen en la autoimagen pueden sentirse deprimidas, avergonzadas o ansiosas como consecuencia de su enfermedad.

La terapia psicológica puede tener un papel complementario en la intervención dermatológica. La solución óptima es tratar de determinar cuáles son los problemas psicológicos que se esconden detrás de los problemas de la piel, y solucionarlo de manera conjunta a través de ambas vías.

Algunos de los trastornos más comunes que pueden necesitar de intervención psicológica complementaria pueden ser la dermatitis, la alopecia, la rosácea, el acné, la dermatilomanía, etc.

Entre las técnicas más utilizadas en psicoterapia para tratar problemas dermatológicos, se encuentran: relajación, ejercicios de respiración, meditación, descarga emocional, reestructuración cognitiva, técnicas para la mejora de la autoestima o planificación de actividades agradables.

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