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SANTIAGO DE COMPOSTELA

Educación emocional: Mindfulness

Por Elena Gómez Marín | 1 de febrero de 2019

“¿Las pequeñas cosas? ¿Los pequeños momentos? No son tan pequeños.” Jon Kabat-Zinn.

¿Qué es la inteligencia? El concepto tradicional de este término ha ido siendo puesto en duda a lo largo de los años. Howard Gardner, creador de la Teoría de las Inteligencias Múltiples, afirmó que cada persona cuenta con un conjunto de inteligencias y no solo una, que se consideran independientes unas de otras y que cada una está más o menos desarrollada según el individuo.

Habló de un total de ocho inteligencias, entre las que destacan la intrapersonal (vinculada con los sentimientos y la reflexión acerca de uno mismo) y la interpersonal (ligada a las relaciones, compresión y empatía hacia los demás). Ambas están fuertemente unidas a las emociones, y es en este contexto en el que nace el Mindfulness. Se trata de un procedimiento cuyos objetivos son la introspección y el conocimiento y control de las emociones.

Dos componentes fundamentales del Mindfulness son la autorregulación de la atención hacia el momento presente y una actitud de curiosidad, apertura y aceptación de la experiencia en el mismo momento. Es un concepto complementario al de meditación, la cual nos ayuda a tomar conciencia del momento presente, al centrar nuestra atención en algo único que está sucediendo ahora mismo. Por su parte, el Mindfulness es en sí la conciencia de lo que está sucediendo, sin juzgarlo de forma positiva o negativa, sino simplemente experimentándolo.

Algunos de los beneficios que reporta esta práctica son una mayor concentración, una buena gestión emocional y mayor control de los impulsos, un aumento de la empatía y resolución de conflictos, conciencia corporal, mejora de la interacción social y control de los pensamientos.

Una vez que comienza a practicarse, puede trabajarse en cualquier momento o lugar, y aplicarse a cada situación de la vida, sea en lugares transitados o en lugares remotos y solitarios, con un grupo de personas o de forma individual. Así, una vez la capacidad de atención plena comienza a desarrollarse, puede ser aplicada en la vida cotidiana: podemos tomar conciencia de lo que percibimos a través de cada uno de nuestros cinco sentidos, de nuestro estado emocional en situaciones de estrés o tristeza, del movimiento que produce la respiración en nuestro cuerpo, etc.

Se trata asimismo de una actitud de contemplación que tiene que ver con la manera en que miramos algo, con una actitud observadora y de silencio. No se trata de intentar saber más ni de analizar algo para comprenderlo de una manera más intelectual, sino más bien de “darse cuenta”. Podemos hablar de un conocimiento más intuitivo y sensitivo, de buscar el significado más allá de las apariencias del objeto o situación que contemplamos con atención plena.

Esto puede ser de gran ayuda a la hora de descubrir cuáles con las situaciones o emociones que nos causan estrés y ansiedad y saber de dónde provienen. Mediante el Mindfulness podemos ser capaces de abordar esas sensaciones negativas desde un punto de vista global y reconocer los factores que nos estresan y preocupan, que posiblemente achacábamos a una falta de ganas o de energía en nuestro día a día. Además, es importante tratar de poner en palabras lo que experimentamos cuando nos conectamos con nuestra capacidad de atención plena de forma regular, ya que así podemos hablar de que estamos tomando conciencia del hecho de estar en conciencia plena.

Esta capacidad de enfocar la mente puede ser desarrollada a cualquier edad, desde la infancia hasta la adultez, aunque los procedimientos y los resultados varían según este factor. Es también aconsejable ponerlo en práctica en las aulas como rutina diaria, ya que se han comprobado efectos muy positivos en estudiantes, tanto en la capacidad de atención y concentración como en la reducción de conflictos en el aula y en la tranquilidad del grupo.

Actualmente, el Mindfulness se utiliza como complemento a la terapia cognitivo-conductual en Psicología a la hora de tratar problemas de ansiedad, trastornos obsesivos, depresiones o adicciones. La toma de conciencia de lo que nos ocurre realmente, cuando buscamos una solución a un conflicto, es el primer paso que hay que dar para acercarnos al bienestar. Tras esto, debemos pasar a la aceptación del problema y centrarnos en el momento presente (en nuestros pensamientos, emociones y sensaciones) sin emitir juicios sobre lo que nos ocurre y sin comparar permanentemente nuestro estado con el estado en que nos gustaría estar. De esta forma, no añadiremos más sufrimiento a nuestros conflictos y veremos las soluciones de forma más clara.

Tratamiento con toxina botulínica durante el embarazo ¿es seguro?

Por Dra. Sandra Mateo | 18 de enero de 2019

Muchas mujeres se preguntan si se pueden someter a tratamientos de dermatología estética o continuar con los que ya se estaban haciendo durante el embarazo, siendo uno de los más frecuentes el tratamiento de las arrugas con toxina botulínica, que además, se suele repetir cada 4 o 6 meses.

Ya de entrada, debemos dejar claro que el tratamiento con toxina botulínica, independientemente de cual sea el fármaco, NO SE DEBE REALIZAR DURANTE EL EMBARAZO. Dicho esto, vamos a explicar el porqué.

Lo primero que pensamos cuando nos dicen que no se puede realizar un tratamiento durante el embarazo, en este caso con toxina botulínica y con fines estéticos, es pensar que son tóxicos para el bebé. Aunque no podemos asegurarlo a ciencia cierta ya que no se han realizado estudios amplios de seguridad y embarazo con toxinas sintéticas (y entenderéis que realizarlos no es una prioridad), la toxina botulínica parece no afectar al bebé durante la gestación. Se han descrito muchos casos de tratamientos durante el embarazo en mujeres que no sabían que estaban embarazadas sin problemas detectables. Incluso existe una enfermedad llamada botulismo, en la que se producen dosis extremadamente altas de toxina, tantas, que ponen en peligro la vida de la mujer, sin que afecte en absoluto al bebé. ¿Por qué sucede esto? Realmente es muy lógico ya que las moléculas de la toxina botulínica son muy grandes y el “filtro” que separa la sangre del bebé de la de la madre (la placenta) impide por completo el paso de las mismas. Por lo tanto, si has realizado algún tratamiento de este tipo (tanto estético como médico) sin saber si estabas embarazada, tranquila, es casi seguro que a tu bebé no le va a pasar nada.

Dicho esto, muchas os preguntaréis entonces ¿por qué no recomendamos realizar este tipo de tratamientos durante el embarazo? A parte de que realmente los resultados de los que disponemos son de casos aislados y no hay suficientes estudios con un número significativo de mujeres que nos permita asegurar al cien por cien que es completamente seguro, el tratamiento con estas sustancias no está exento de complicaciones propias de la técnica que podrían suceder y que no es deseable padecer en estas circunstancias. Las más frecuentes son infección de la zona en la que se inyecta por bacterias, virus u hongos, reacción alérgica o hinchazón prolongada. Estos efectos secundarios pueden requerir tratamientos orales, que SÍ SABEMOS QUE AFECTAN AL BEBÉ.

Una vez explicado esto, creo que es evidente que aunque el riesgo pueda ser bajo, no merece la pena exponerse a ningún peligro innecesario durante este periodo. Nueve meses pasan muy rápido, y ya habrá tiempo después para realizar los tratamientos estéticos deseados, que además no implican suspender la lactancia materna para realizarlos, aunque esto ya es un tema para tratar en otro artículo.

Por último, me gustaría comentar que la toxina botulínica, también se usa para resolver o mitigar problemas médicos como migrañas, acalasia o problemas neurológicos como parálisis. Si eres una mujer, quieres quedarte embarazada y estás siendo tratada, habla con el médico que lleva a cabo el tratamiento, la recomendación más habitual será suspender el mismo durante el embarazo, pero en casos particulares, y valorando el riesgo frente al beneficio, pueden recomendarte mantenerlo. Por lo general, debemos confiar en el consejo de los profesionales que nos atienden.

Me pica la piel: ¿tengo parásitos? La sarna pica mucho, aunque sea con gusto

Por Dra. Sandra Mateo | 7 de noviembre de 2018

En los últimos años los dermatólogos españoles hemos visto un incremento en patologías infecciosas por parásitos. Una de las más frecuentes es la escabiosis, más conocida popularmente como sarna. En este artículo os contamos algunos datos interesantes sobre la enfermedad y qué tenemos que hacer ante la sospecha.

La sarna es una enfermedad parasitaria de la piel producida por un parásito muy pequeñito y feo, el sarcoptes scabie. Pertenece a la familia de los ácaros y vive en la piel realizando pequeños caminitos en la superficie, comiendo la piel muerta y poniendo huevos por donde pasa. El contagio se produce por contacto muy directo con una persona afectada, normalmente de índole sexual o familiar, aunque también puede ocurrir al dormir en la misma cama que utilizó de forma reciente otra persona con la enfermedad (algo que puede ocurrir especialmente en albergues con un control sanitario deficitario o en la casa de amistades).

Como bien dicen la sabiduría popular, el dato más característico de que este bichito se ha instalado en nuestra piel es el picor intenso. Pero tranquilos, no todo picor es causado por la sarna, el que causa este ácaro es muy característico, muy intenso, a veces incluso impidiendo el correcto descanso nocturno y se incrementa por las noches o después de la ducha. Además suele tener alcance familiar (afectando a todas las personas que viven en una casa) y característicamente no incluye la cabeza, ya que es un lugar en el que no vive el ácaro.

Las lesiones que produce en nuestra piel van a variar entre cada persona. En la mayoría de los casos son casi inapreciables. Si nos fijamos con una lupa o con el ojo desnudo si se tiene muy buena vista, se pueden ver unas pequeñas líneas, a veces con forma de S, entre los dedos de las manos o muñecas, que son sus lugares preferidos; en ocasiones no podremos verlas, por que con el rascado pueden eliminarse. Algunas personas pueden también desarrollar un ligero enrojecimiento en otras partes del cuerpo, o incluso granitos abultados, especialmente en la zona genital y en las nalgas.

En cualquier caso, a veces el diagnóstico es difícil, y puede pasar desapercibido durante meses por los médicos, incluso especialistas en dermatología, que somos los más acostumbrados a verlo.

El tratamiento es bastante sencillo, pero laborioso. Se prefiere el uso de permetrina en crema, igual que en el caso de los piojos, pero hay que aplicarla muy bien por todo el cuerpo, excepto en la cabeza. Hay que poner especial cuidado en cortar bien las uñas y aplicar la crema entre dedos y por debajo de las uñas ya que puede quedar piel muerta con el ácaro en esa zona. La crema se aplica por la noche y se mantiene un mínimo de 6 horas antes de lavarla al día siguiente. Con este gesto ya matamos a los ácaros, pero a veces pueden quedar huevos vivos, por lo que es necesario repetir el procedimiento a los 7 días. Mucho cuidado, es importante tener claro que no se debe aplicar de forma diaria el tratamiento, ya que es un insecticida y puede irritar la piel, empeorando el picor. El tratamiento deben llevarlo a cabo todos los miembros de la familia que cohabiten en la misma casa y aquellas personas con las que se mantenga un contacto íntimo, ya que si no, puede haber reinfecciones.

La parte más complicada es limpiar bien nuestra vivienda, lavando toda la ropa de cama y la ropa que se ha utilizado en las últimas semanas con agua bien caliente o aquella que no admiten un lavado más o menos agresivo, manteniéndola unas semanas en una bolsa hermética para que mueran los ácaros.

El picor y los granitos pueden tardar semanas en desaparecer por completo tras realizar de forma correcta el tratamiento. Esto sucede porque el picor no es más que lo que sentimos ante la defensa de nuestro cuerpo en el intento de eliminar a esos pequeños parásitos que están alojados en nuestra piel, por lo que la desaparición es progresiva. De hecho en personas con un bajo nivel de movimiento, o de conciencia, como bebés muy pequeños o ancianos con demencia, o personas con lesiones neuronales puede producirse un tipo de sarna mucho más agresiva, pudiendo existir ácaros por miles. En estos casos el contagio es mucho más sencillo y puede llegar a ser una auténtica plaga, especialmente en centros de ancianos.

Espero haber arrojado un poco de luz sobre este tema tan picajoso. Y tranquilos, si tras leer este artículo notáis picor en el cuerpo, no significa que tengáis una familia de sarcoptes alojados en él.