Recientemente, muchos de mis pacientes han comenzado a preguntar sobre un término que está ganando popularidad en Internet: el callo solar. Al parecer, varios influencers y autoproclamados gurús de la salud han empezado a promover este concepto, refiriéndose a la exposición solar prolongada durante todo el año como una forma de protección progresiva que, supuestamente, permite que nuestra piel se adapte mejor a la radiación ultravioleta de cara a afrontar momentos de exposición en índices UV más altos.
Este término plantea una dualidad interesante: por un lado, la necesidad de exponerse al sol para fomentar la síntesis de vitamina D, y por otro, la recomendación de evitar la exposición solar para prevenir problemas relacionados con la sobreexposición, como el melanoma en los casos más graves.
¿Existe el callo solar?
Es importante aclarar que el término callo solar no tiene base científica. Es cierto que el sol en su justa medida mejora diversas patologías de la piel y que la piel se adapta a su entorno hasta cierto punto: ante la agresión solar se engrosa y se broncea. Pero esa defensa protege poco frente a las quemaduras y casi nada frente al daño acumulado: el propio bronceado ya es una señal de daño, así que el bronceado no debe considerarse una forma de protección. La sobreexposición al sol y los atracones de sol para broncearse son siempre perjudiciales: el daño solar se va sumando año tras año y puede acabar en lesiones premalignas o malignas de la piel.
Entonces, ¿cuánto sol necesito para la vitamina D?
La necesidad de exponerse al sol de cara a sintetizar vitamina D depende de múltiples factores: la pigmentación de nuestra piel, la latitud en la que nos encontremos, nuestra vestimenta y las partes de nuestro cuerpo expuestas, u otros factores como la cantidad de radiación que recibimos (hora del día, contaminación, nubes, etc.).
En la consulta recomendamos paseos cortos al aire libre todos los días, de 10 o 15 minutos, en invierno hacia el mediodía y en verano fuera de las horas centrales. En esos minutos, para la mayoría, mejor sin fotoprotector en la cara y las manos. Estas exposiciones cortas del día a día, sin quemarse, aportan vitamina D. El resto del tiempo el fotoprotector no te quita vitamina D, así que no hace falta buscar más sol ni broncearse para tenerla.
En invierno, o si te proteges mucho del sol, la dieta y, si hace falta, un suplemento pautado por tu médico son la vía más fiable. El pescado graso, los huevos y los alimentos enriquecidos ayudan. Si has tenido cáncer de piel o tomas algún medicamento que hace la piel más sensible al sol, la cosa cambia: pregunta antes a tu dermatólogo, también por lo que es cierto y lo que es mito de la vitamina D.
¿Cómo me protejo del sol?
El callo solar no es una protección en la que apoyarse y la piel no se adapta a la radiación ultravioleta de manera saludable con la exposición progresiva. La forma adecuada de enfrentarse al sol es protegerse de manera efectiva. Esto se consigue mejor con medios físicos, como la ropa adecuada, sombrillas y sombreros, y complementándolo con protectores solares, ya sean físicos o químicos, con un índice de protección alto.
Y si notas un lunar que cambia o una lesión que no cura, consulta. En dermatología clínica hacemos revisión de lunares con dermatoscopia y seguimos a los pacientes con cáncer de piel o lesiones premalignas en dermatología oncológica.

