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Psicología en tiempo de coronavirus

19 de agosto de 2020 por Elena Gómez

Escribimos este texto en agosto de 2020, en plena pandemia, y lo que cuenta sirve para cualquier etapa de incertidumbre o de crisis.

La pandemia cambió la realidad en la que vivíamos y generó numerosas situaciones difíciles. El panorama laboral y económico era incierto y la limitación de nuestras relaciones sociales podía llevarnos a sentir una gran angustia y tristeza. Buena parte de ese malestar era la reacción normal a unos problemas socioeconómicos muy reales. Pero en algunas personas se convirtió en un trastorno de ansiedad o en una depresión que necesita tratamiento: la OMS calculó que ambos aumentaron alrededor de un 25 % en el primer año de la pandemia. Fue uno de los momentos más difíciles en el plano afectivo que habíamos tenido que encarar en mucho tiempo.

Desde la psicología, debíamos aportar la máxima ayuda posible en una situación en la que los rebrotes y los contagios aumentaban peligrosamente, no solo abordando los efectos del confinamiento, sino también fomentando comportamientos responsables.

Las consecuencias psicológicas que veníamos observando eran, en primer lugar, ansiedad, miedo y apatía como consecuencia de la incertidumbre que la nueva situación había creado. Pueden manifestarse pensamientos que provoquen cierto desasosiego, de tipo catastrofista y anticipatorio. Al intentar controlar constantemente todo aquello que nos rodea, para poder anticiparnos a lo que va a ocurrir, se genera frustración. Esto puede llevarnos a la búsqueda de información de forma persistente, lo cual a su vez puede conllevar consecuencias negativas sobre nuestro estado de salud física y emocional y ser fuente de estrés, angustia, ansiedad o preocupación. Algunos ejemplos pueden ser hacer demasiadas comprobaciones buscando actualizaciones reiteradas de nueva información tales como el número de nuevos contagios, o bien verificar constantemente nuestra salud física. Puede aparecer incluso un miedo excesivo al contagio que lleva a vigilar el cuerpo constantemente.

Son comunes asimismo los cambios emocionales. Nuestro estado de ánimo puede alternar la estabilidad con emociones más desagradables como son la tristeza, el miedo o el enfado. Además, el cambio producido en nuestras vidas puede dar lugar a estrés o depresión, lo cual puede verse plasmado en síntomas como insomnio, irritabilidad, nerviosismo o tristeza. Cuando el contexto cambia así, es importante entender que tener ciertos sentimientos a nivel emocional es algo completamente lógico.

En las consultas de psicología, era frecuente ver entonces personas que manifestaban problemas de convivencia con sus parejas y familiares, y que se sentían desbordadas. También los niños se vieron afectados por la falta de libertad. De forma repentina, dejaron de ir al colegio, su principal lugar de socialización, y de salir a la calle. En aquellos que no tenían suficientemente desarrollado el pensamiento abstracto debido a su corta edad, fue complicado entender la situación y en especial, los sentimientos de la gente a su alrededor.

La psicología está para ayudarnos en momentos así. A veces, es imprescindible asumir que algo no va bien y pedir ayuda a tiempo. La posible sensación de que el esfuerzo realizado no ha sido suficiente y la posibilidad de volver a enfrentarnos a una situación similar a la ya vivida pueden conllevar sentimientos de impotencia e incapacidad. Cuando aparece la idea de que nada de lo que hagamos sirve, conviene reconocerla y ponerla en duda, y no quedarse a solas con ella.

Es el momento de pedir ayuda cuando el malestar dura más de dos semanas, cuando impide trabajar, dormir o llevar la vida diaria, o cuando aparece la idea de que no merece la pena vivir. El médico de cabecera y nuestra consulta de psicología en Santiago de Compostela pueden ser el primer paso. Ante pensamientos de suicidio, la Línea 024 (llamar al 024) atiende de forma gratuita y confidencial las 24 horas, y en una urgencia vital hay que llamar al 112.

Entre las estrategias que usamos en estos casos están las de identificar los pensamientos y emociones que nos puedan generar malestar, aceptar algunos de ellos y aprender a reconocer los desadaptativos y catastrofistas.

Es también importante trabajar con las rutinas; evitar la sobreinformación, que puede generar una sensación de alerta permanente; aprender a reducir la ansiedad mediante técnicas de respiración y relajación; practicar mindfulness como forma de vivir en el presente; realizar técnicas de afrontamiento positivo; planificar actividades placenteras; promover nuestro autocuidado practicando ejercicio; y expresar cómo nos encontramos emocionalmente, lo que suele ayudar a cambiar la perspectiva.

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